Qué pasa cuando comemos en exceso: mi experiencia real con una comida copiosa

Hoy quiero compartir algo que seguramente a muchos nos ha pasado: comer más de la cuenta. Aunque siempre intento mantener la regla de “no comer hasta reventar, solo hasta quedar saciado”, hoy he hecho una excepción, y quiero contarte lo que he aprendido de ello.

Un día libre, una comida especial

Hoy lunes (uno de mis días libres del bar) desayunamos en casa, llevamos a las niñas al colegio, fuimos al gimnasio y, después de descansar un rato, decidimos salir a comer fuera. Pedimos una ensalada de salmón y mango de entrante y, como plato principal, una paella de marisco. Hasta aquí, todo normal.

El problema vino cuando, al ser un día especial, me tomé la libertad de comer más de lo habitual. Comí el doble de lo que suelo tomar y, para rematar, pedí un brownie de postre (bastante generoso). Y como aperitivo, un vermut — que todos sabemos, tiene bastante azúcar.

Cómo lo gestioné durante la comida

Antes de empezar, miré mi glucosa: 166 mg/dL. Me puse una pequeña cantidad de insulina para compensar el azúcar del vermut y luego bebí agua. Durante la comida, fui revisando varias veces el sensor para ver cómo respondía mi cuerpo. Sorprendentemente, la glucosa se mantuvo bastante estable: subió hasta 210, pero bajó sola a 140 y se mantuvo ahí. Probablemente porque tanto la ensalada como la paella son platos sin azúcares simples.

Al llegar el postre, volví a ponerme algo de insulina, pero solo una pequeña parte. Y aquí viene la parte interesante: cuando como en exceso, noto que mi digestión se vuelve muy lenta. Por eso, si me pusiera toda la insulina de golpe, tendría una bajada fuerte antes de que el cuerpo empiece realmente a digerir los carbohidratos.

La larga digestión y el efecto en la glucosa

Lo que hice fue controlarme cada 30 minutos o 1 hora. Pasadas unas 3 horas de haber terminado de comer, empecé a ver que la glucosa subía por encima de 200. Ahí entendí que mi cuerpo por fin estaba digiriendo la comida. En ese momento, me puse una cantidad mayor de insulina.

Aun así, llegué a un pico de 290 mg/dL, lo que me obligó a corregir de nuevo con insulina y esperar. Finalmente, unas 6 horas después de comer, logré estabilizarla en torno a 170.

Para que te hagas una idea más clara de cómo evolucionó mi glucosa a lo largo de la tarde, aquí te dejo la captura de mi sensor:

Gráfico de control de glucosa de las últimas 8 horas, mostrando subida hasta 290 mg/dL tras una comida copiosa y descenso progresivo hasta valores estables.
Gráfico de mis niveles de glucosa durante las 8 horas posteriores a la comida.

Lo que aprendí de este día

Esta experiencia me recordó algo muy importante: las comidas copiosas ralentizan mucho la digestión y hacen que sea extremadamente difícil mantener la glucosa estable. Aunque el cuerpo tarde en asimilar los carbohidratos, la insulina que usamos no se adapta tan fácilmente a esos tiempos.

Por eso, en el día a día intento evitar comer en exceso. Pero también pienso que, de vez en cuando, en un día especial, no pasa nada si hacemos una excepción. La clave está en saber cómo reaccionar y tener paciencia, controlando los valores poco a poco y con sentido común.

Comer mucho de vez en cuando no es el problema. El verdadero reto está en saber cómo reaccionar y mantener la calma para recuperar el equilibrio.

Si algo me ha enseñado la diabetes es que no se trata de vivir sin errores, sino de aprender a entender lo que nuestro cuerpo necesita en cada situación.

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